Alguna voz furtiva

Siempre buscando pretextos para incumplir con la promesa, aquella que se ha roto unas 130 veces. Mi vida peligra desde el momento en que abrí mis ojos y vi a mi madre, aquella que me sostiene en su pecho y de vez en cuando acudo para que su mano roce mi cabello, ¿por qué estar en peligro bajo unos brazos calientes y reconfortantes? El amor de una madre puede enloquecerte, a tal punto de querer vivir para siempre solo para verle sonreír. 

Sin embargo sigo con mis ojos vendados, reprimiendo darme cuenta de la realidad maldita en la que nos sumergimos. El mundo caótico y desenfrenado, voces maldiciendo, la mayoría de las bestias desplazando su trasero en dos ruedas, subterráneos con poca capacidad de luz, cornetas chocantes, el aire con olor desagradable. La fuente del silencio brilla, pero sus rosas al rededor mueren. Seguro es por el agua empantanada que nos obligan a beber. Sin embargo no nos obligan a botar la basura en el suelo. Tranquilo compañero, pertenecemos a la especie más avanzada. Vida inteligente. 

No importa, me reconforta los buenos días que permanecen en mis camionetas a diario, sin embargo lo que más me molesta de ellas es el estruendoso sonido de las ventanas chocando junto con el movimiento y los huecos del pavimento, aquellos que no arregla ni el Alcalde, mucho menos el Presidente. Siendo idiota de mi parte pensar en esto cuando hay cosas mejores por delante. Disculpen mi inocencia, la llevo anillada como símbolo de esperanza. Los de uniforme verde olivo también sonríen, no lo olviden. Sus fusiles y bombas están controlados, no los culpo, los han dominado. 

Gracias le doy a la vida por nacer entre un tricolor. Hermoso y brillante, el que alguna vez Miranda creo. 

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